sábado, 15 de octubre de 2016

El curso de la vida


La vida es un agujero; un pozo de mierda en el que caemos presos.
Nos asedia la pestilencia, el calor sofocante, las moscas que pululan.
Nuestro corazón se estremece, las moscas se posan sobre nuestra piel; tantean el terreno.
Nos movemos entre la mierda, la observamos con atención, buscamos la forma de escapar.
Tratamos de escalar pero resulta imposible; caemos una y otra vez al fondo.
El calor aumenta lentamente, también nuestros latidos, y en medio de la angustia, la sed ataca veloz y certera; nos doblega, nos patea en la espina dorsal y revienta nuestras rodillas.
Apretamos con furia los dientes, cerramos los ojos, maldecimos una y mil veces nuestra existencia y, desesperados, cavamos con nuestras manos desnudas a fin de escapar.
Cavamos con la ilusión de hallar un resquicio que arroje luz, aire fresco o agua.
Cavamos sin cesar entre la mierda, cavamos con furia, con locura.
Nuestros dedos se entumecen; las yemas sangran copiosamente y las uñas se astillan y quiebran.
Seguimos cavando.
Seguimos a pesar del dolor, del cansancio, de la frustración.
Seguimos a pesar de todo.
Y a pesar de todos nuestros esfuerzos la mierda no cede.
La luz que anunciaría una salida no se presenta, tampoco el agua que calmaría nuestra sed.
Todo lo que encontramos es más y más mierda; mierda que nunca acaba.
La locura nos engulle, el sufrimiento reina.
Finalmente un buen día colapsamos extenuados, perdemos la conciencia y morimos en el pozo.
Las moscas cubren por completo nuestro cuerpo y degustan satisfechas nuestra piel.
Pronto, otro infeliz caerá en el pozo y repetirá la historia.
Esto, damas y caballeros, es el curso de la vida.

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