miércoles, 27 de septiembre de 2017

San Trabajo

Estaba don Pedro charlando de la actualidad con doña Jacinta, en el umbral de su verduleria. Ella lo miraba envuelta en un delantal color verde y marrón, y él a ella, a través de unos gruesos anteojos de marco dorado. Con respeto mutuo intercambiaban prudentes miradas amenas, a la vez que el sol del Domingo brillaba con intensidad en el cielo raso y celeste.
De la nada un pedido de don Pedro corta la conversación al medio. La verdulera, apartando con la mano dos moscas que revoloteaban cerca de un cajón de naranjas, señala un morrón colorado a la vez que arrugando el ceño le pregunta con voz despaciosa:
—¿Éste está bien? —Sí, está bien. El morrón cae en una bolsa transparente y luego en una balanza digital, cuya pantalla da el peso exacto del vegetal y su importe correspondiente. La verdulera guarda el morrón en una bolsa que contiene algunas manzanas y zanahorias, y al tiempo que se la entrega le dice rascándose la frente trazada de arrugas y lagrimas de sudor:
—Treinta pesitos.
Don pedro agarra la bolsa y paga el total exacto a la verdulera, que guarda el dinero con sus manos de dedos callosos y palmas terrosas en el cajón de una mesa sucia y precaria.
—Y es así nomás —dice don Pedro mientras guarda su billetera —, lo que sucede es que los jóvenes de hoy no quieren trabajar, no tienen respeto por el trabajo. Ése es el problema.
Doña Jacinta, que al escuchar la palabra "trabajo" le zumban los oídos, asiente con la cabeza a la vez que apoya su adolorida espalda en una porción de pared manchada de humedad.
—Totalmente de acuerdo. Pero eso es porque se creen que todo va a ser fácil cuando crezcan, y la vida no es fácil. Si lo sabré yo... —responde cruzándose de brazos.
Pedro asiente enérgicamente con la cabeza, apretando los labios como quien lamenta un daño muy grande. Su boina gris resplandece bajo el sol mañanero, cuyos rayos dorados reverberan en los vegetales y en las frutas puestas en cajas de madera, que apoyadas oblicuamente sobre la vidriera de la verdulería ocupan la mitad de la vereda desierta.
—Son unos vagos — prosigue don Pedro—. Y la culpa la tienen los padres, que los apañan en todo. Yo la verdad no entiendo cómo llegamos a esto. La cosa está cada vez peor. Antes no era así. Antes los padres le enseñaban respeto a sus hijos, como hizo mi viejo conmigo. Y al finalizar aquella frase, una imagen del pasado cruza veloz su consciencia. Un viento helado e imparable soplaba en las afueras, entre las calles de una ciudad de edificios grises como ceniza. Era muy temprano. Más temprano de lo que la mayoría de sus compañeros de escuela acostumbraba levantarse. Pedro emergía con pereza del calor de su cama, y con ojos lagañosos buscaba un abrigo entre pilas de ropa a punto de colapsar, en una habitación de paredes sin revoque y techo mugrentoso. Con pasos lentos se dirigía a la cocina, y allí desayunaba mate cocido recalentado con tostadas sin mermelada ni manteca. Su madre remendaba prendas sentada en una silla de madera, al calor de una hornalla encendida. Su padre, vestido con bufanda y gorro de lana, asomaba su semblante bigotudo por por la puerta de la cocina, y con voz rasposa le decía mientras se frotaba las manos:
—Vamos, Pedrito, que se nos va el camión. Y Pedrito dejaba una tostada a medio comer en su plato, y de mala gana se levantaba de su silla para acompañar a su padre al camión que se iba, que los llevaría a una fábrica en las afueras de la ciudad donde habrían de trabajar arduamente durante horas y horas. Cierto es que quisiera decirle que no quiere partir, que prefiere quedarse a terminar de desayunar, a dormir plácidamente en su cama como hacen sus compañeros de escuela, pero también es cierto su deber como hijo; el sacrificio que debe hacer para saldar la deuda de su existencia, originada por antojo de sus progenitores y por la cual quejarse sería un delito. Ellos se lo han dicho muchas veces: “hay que sentirse agradecido por estar vivo. La vida es un regalo invaluable, y aquel que la desprecia objetando el deber que requiere sustentarla es un desagradecido”.
Y Pedrito, a pesar de sentirse harto de abrirse paso en la selva de la vida, a pesar de envidiar a sus amigos que duermen hasta tarde, de cuyos padres con trabajos decentes reciben comidas decentes y juguetes grandes y llamativos para navidad, termina por aceptar a regañadientes aquella verdad que sin saber por qué le resulta tan incómoda.
Fue de esta resignación a un presente lleno de carencias y sacrificios que el cansancio y la resignación, entendidos en su mente infantil como requisitos cuya aceptación era imprescindible para sobrevivir, se transformaron con el pasar de los años venideros, a fin de suprimir aquella rabia que lo envenenaba, en motivo de agradecimiento y orgullo. ¡Qué importa el dolor y la ausencia de felicidad, mientras se tenga un techo sobre la cabeza y un plato de comida al día! Sí, es cierto que muchos niños tienen tres, pero viendo y considerando que la vida es un regalo invaluable, él debe sentirse agradecido por verse obligado a levantarse temprano los Sábados y pasar frío en un viaje de dos horas, cuyo destino es una fábrica repleta de semblantes agrios y maquinas pesadas como montañas, donde cada persona se traslada arrastrando los pies y cargando pesadas bolsas de cemento, y en la que él se vuelca en laboriosas tareas que azotan su cuerpo y manchan su orgullo de adolescente rebelde, a la vez que se repite a sí mismo, en múltiples intentos por aplacarlo:
—La vida es un regalo, debo estar agradecido, debo ayudar a mi familia, debo trabajar.
Y a medida que este tren de pensamiento avanzaba por el valle de su entendimiento, las frases alteraban su significado, adoptando una connotación moral que terminaría por convertirse en ley absoluta e irrevocable ni bien llegase el esperado paso a la adultez:
"La vida es buena, despreciarla es malo. Trabajar es bueno, quejarse es malo".
Y Pedrito, a pesar de repetirse lo mismo día tras día y de aceptar por completo la veracidad de dichas palabras, aún sospecha muy dentro suyo, al frotarse las rodillas amoratas y la panza vacía, y al condenar los privilegios que gozan sus amigos, en los que cree vislumbrar una injusticia terrible, que para él la vida definitivamente no ha sido ningún regalo.
Una mosca roza el semblante brilloso de don Pedro, y sus ojos se iluminan del fuego que nace de la invocación del recuerdo. Su corazón se enternece y una lagrima quiere escapar de su parpado derecho. A la vez que piensa en todos los truhanes sin respeto por la autoridad o el deber que quisiera aleccionar, se dice a sí mismo con excesiva dulzura paternal: «No, la vida no es un regalo. La vida hay que pagarla...y en cuotas que aumentan conforme pasan los años. Y ustedes también la tienen que pagar, pendejos insolentes».
Doña Jacinta se sienta en una banqueta y ceba un mate. Le ofrece a don Pedro, pero él amablemente lo rechaza, alegando acidez. Los pájaros cantan en las ramas de los árboles.
—Los chicos ya van a aprender, ya van a darse cuenta de lo que es la vida —comenta la doña mirando una postal de San Cayetano pegada en la puerta —. Yo desde chica tuve que trabajar. A las ocho de la mañana me levantaba para ir al campo con mi familia.
—Yo a las seis —responde con prontitud don Pedro, redoblando la apuesta ofrecida por la verdulera —. A una fábrica. Me enfermé mucho. A mi padre le dio cáncer de pulmón.
Jacinta, rememorando su penosa juventud en una choza agreste, eleva con orgullo el mentón y dispara una respuesta en cuya sonoridad se manifiesta el orgullo de su sufrimiento:
—Ufff. Sí, yo también. Estábamos en contacto con muchos químicos, muchos pesticidas. Todos mis hermanos murieron por eso. Yo me salvé, gracias a Dios y la Virgen. Ambos se compadecen en miradas mutuas que los unen más allá del dolor. Afuera el sol calienta la acera y los autos estacionados. Una bandada de pájaros despega hacia el horizonte, cruzando la altura en un vuelo fugaz que los dirige a un paraje incierto.
—Pero bueno, por suerte mi hijo siempre fue educado y obediente, como debe ser —dice don Pedro, saboreando el orgullo del padre que ha sabido domar a su antojo a la bestia.
—El mío también —repone Jacinta —. Obediente y trabajador. Yo le enseñé bien. Él nunca me vino con esas cosas raras que los chicos hacen ahora porque le llenaba la cara de bifes.
—Es la única forma de que aprendan. Sino se descontrolan. —Totalmente. Jacinta chupa la bombilla del mate. En sus ojos marrones se materializa el rostro de su hijito de doce años, y su corazón se acelera de alegría maternal. Lo mira y se le pone la piel de gallina al imaginarlo con el uniforme escolar y su peinado con raya al medio. Tan estudioso, tan ejemplar, tan obediente. Todo un ejemplo para las madres de sus compañeros, y el arquetipo perfecto de ciudadano modelo en el presente: un hombre trabajador que se levanta temprano todos los días y se sacrifica como Jesús en la cruz en una oficina más pequeña que una caja de zapatos, atendiendo con forzada amabilidad a clientes impacientes y desconsiderados, y ocasionalmente en el fondo de algún establecimiento de alguna multinacional, llevando de aquí para allá pesadas cajas de productos bajo la mirada incisiva de un supervisor que lo trata con desprecio infinito. ¡Qué bello, qué alegría haber criado un niño tan responsable, tan sumiso, tan trabajador! Y para que su sufrimiento sea aún mayor, Jacinta desea que algún día se case y tenga hijos, de modo que su abnegación llegue al punto más álgido, para que así aprenda definitivamente lo único importante en esta vida: desvivirse por la familia, esforzarse día y noche por ganar el honorable título de "trabajador honesto", y, sobre todo, no protestar aquello que disgusta, tal como ella lo hizo. Don Pedro se acomoda la boina y se despide con un beso de doña Jacinta, que ya va por su quinto mate consecutivo. —Bueno, me voy para casa que va a empezar el partido —le dice sonriente. —Vaya, vaya, lo veo mañana. Cuídese. —Usted también. Pedro sale por la puerta y cruza la vereda desierta, perdiéndose a lo lejos, en una calle alumbrada de rayos solares y encajonada por casitas color crema de jardines floreados, cuyos pétalos se balancean con suavidad al roce de una cálida brisa estival.

viernes, 2 de junio de 2017

¿El Fin?

Si no fuera porque Blogger es una plataforma cuyo destino parece eslabonado a la obsolescencia, definitivamente me quedaría, pero el futuro es inexorable como una marea turbulenta, y mejor seguir su curso a renegar y dormir con los peces. 

He creado una página de Facebook donde publico semanalmente artículos y relatos. Si alguien llega a leer esto y está interesado...


Saludos, mis estimados. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Escena Final

Sin esperarlo, fui testigo de su escena final.
-Te amo -me dijo antes de despedirse.
Fue entonces que saltó al vacío.
Mi corazón dio un sobresalto y enmudecí por completo ante una escena que parecía ocurrir en cámara lenta: su cuerpo, pálido e indefenso, cedió lentamente a la gravedad; sus brazos y sus piernas se extendieron con sumo relajo a la nada misma, sus manos se abrieron como flores, sus pies flotaron mágicamente sobre la ciudad, su vestido violeta ondeó al son del viento fresco y fugaz y su cabello largo y rojizo se elevó como llamaradas al cielo raso.
Con ojos llorosos la miré por última vez. Vi su cuerpo descender irremediablemente hacia la nada; áureos rayos de sol rozaban su delicada silueta en caída, cada vez más borrosa y distante de la realidad en que me hallaba. Un instante después desapareció del paraje y todo lo que quedó fue un horizonte anubado. No podía verla, pero en mi mente la imaginé cayendo con la misma parsimonia con que dio el salto final: su rostro joven y hermoso aceptaba sin inmutarse la realidad de su existencia y sus brazos se extendían con elegancia igual que las alas de un ave en pleno descenso. Al cabo de unos instantes llegaría al fin de su recorrido por esta vida, lista para aterrizar sobre el colchón de concreto o metal que le aseguraría un sueño dulce, sonrosado y eterno.
Una bandada de pájaros atravesó el horizonte. Como si fuera por voluntad propia, el sol intensificó el matiz de su fulgor y las nubes que atestaban el firmamento se tiñeron de rojo carmesí.
En mi interior, nacían la amargura y la tristeza que me perseguirían durante toda mi vida.
Me acerqué al borde, miré hacia abajo y quise saltar también, pero no pude. Retrocedí asustado, me senté en un rincón y con la angustia a flor de piel lloré sin consuelo. Su nombre estuvo presente en mis labios hasta que me dormí, aunque mi corazón quería olvidarlo para siempre.





sábado, 15 de octubre de 2016

El curso de la vida


La vida es un agujero; un pozo de mierda en el que caemos presos.
Nos asedia la pestilencia, el calor sofocante, las moscas que pululan.
Nuestro corazón se estremece, las moscas se posan sobre nuestra piel; tantean el terreno.
Nos movemos entre la mierda, la observamos con atención, buscamos la forma de escapar.
Tratamos de escalar pero resulta imposible; caemos una y otra vez al fondo.
El calor aumenta lentamente, también nuestros latidos, y en medio de la angustia, la sed ataca veloz y certera; nos doblega, nos patea en la espina dorsal y revienta nuestras rodillas.
Apretamos con furia los dientes, cerramos los ojos, maldecimos una y mil veces nuestra existencia y, desesperados, cavamos con nuestras manos desnudas a fin de escapar.
Cavamos con la ilusión de hallar un resquicio que arroje luz, aire fresco o agua.
Cavamos sin cesar entre la mierda, cavamos con furia, con locura.
Nuestros dedos se entumecen; las yemas sangran copiosamente y las uñas se astillan y quiebran.
Seguimos cavando.
Seguimos a pesar del dolor, del cansancio, de la frustración.
Seguimos a pesar de todo.
Y a pesar de todos nuestros esfuerzos la mierda no cede.
La luz que anunciaría una salida no se presenta, tampoco el agua que calmaría nuestra sed.
Todo lo que encontramos es más y más mierda; mierda que nunca acaba.
La locura nos engulle, el sufrimiento reina.
Finalmente un buen día colapsamos extenuados, perdemos la conciencia y morimos en el pozo.
Las moscas cubren por completo nuestro cuerpo y degustan satisfechas nuestra piel.
Pronto, otro infeliz caerá en el pozo y repetirá la historia.
Esto, damas y caballeros, es el curso de la vida.